La historiografía de las mujeres: trayectorias, tensiones y redefiniciones

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La Historia de las Mujeres ha dibujado su propia trayectoria, consolidándose como un área de gran desarrollo dentro de la historiografía internacional y como un campo significativo de la disciplina histórica, pese a las dificultades surgidas para su institucionalización. Durante mucho tiempo, la escritura de la historia que los historiadores habían despreciado fue considerada como una producción carente de valor o de calidad. Esta valoración se explica por la persistencia de un discurso histórico sustentado en valores preestablecidos de carácter androcéntrico, eurocéntrico y etnocéntrico, que definieron lo “importante” y lo “accesorio” en el marco de la disciplina, ignorando o desestimando los conceptos, métodos y enfoques que permiten pensar y narrar la historia de otro modo. Aunque en algunos espacios se ha comenzado a reconocer la relevancia de la Historia de las Mujeres, todavía se la concibe como un ámbito “aparte”, una historia sectorial. La creación del espacio universitario europeo podría, en este sentido, propiciar mecanismos de reconocimiento y favorecer su consolidación académica. (Ramos Palomo, 2006)

El desplazamiento historiográfico que amplió el campo de lo político al incorporar al “pueblo” como sujeto histórico no siempre problematizó explícitamente las diferencias de género en el interior de esos sectores. En muchos casos, el sujeto popular reconstruido por la nueva historia política mantuvo un perfil predominantemente masculino. Así, la categoría de “sectores subalternos”, aunque productiva para descentrar la mirada elitista, dejó abiertos interrogantes acerca de la participación política de las mujeres y de las formas específicas en que su acción fue registrada, invisibilizada o reinterpretada por la historiografía. La incorporación de las mujeres al análisis del proceso histórico no constituye simplemente una ampliación cuantitativa del elenco de actores, sino una redefinición cualitativa del concepto mismo de participación política (Ramos Palomo, 2006). En efecto, al modificar el sujeto de la historia también se transforman los límites de lo político y los modos de narrar el nacimiento del orden poscolonial argentino.

La noción de “sectores subalternos” no remite únicamente a una posición socioeconómica, sino a un lugar en la estructura de poder desde el cual se negocian derechos, se disputan espacios de representación y se interviene en la vida pública. En este sentido, la historiografía popular renovada logró desplazar el foco desde las élites hacia los sectores subalternos, pero no siempre problematizó las diferencias de género al interior de esos grupos. Las mujeres aparecen ocasionalmente en los márgenes del relato, vinculadas a la vida doméstica, a la sociabilidad o como acompañantes de procesos protagonizados por varones. Incluso cuando se reconocen márgenes de acción en la sociedad colonial —como los recursos judiciales disponibles o las estrategias matrimoniales— su participación política rara vez es conceptualizada en términos equivalentes a la de los hombres.

Hasta el siglo XIX, las mujeres que aparecen en el discurso histórico son excepcionales por su belleza, virtudes o heroísmo (Ramos Palomo, 2006). Todas las demás permanecen ausentes en una historia fundada en personajes de la élite, batallas y tratados políticos. Se trata de una historia que refleja la visión y los valores de quienes la escribieron: hombres, en su mayoría pertenecientes a clases y pueblos dominantes, que se erigieron según un modelo androcéntrico en el centro del poder ejercido en el espacio público y en un tiempo cronológico. En consecuencia, ellos fueron considerados los únicos capaces de gobernar y dictar leyes, mientras las mujeres ocupaban un lugar secundario, relegadas al espacio privado y alejadas de los grandes acontecimientos de la historia.

Excluidas, silenciadas e invisibilizadas, las mujeres fueron ignoradas no solo en el ámbito doméstico, sino también en el económico, social, político y cultural. La mayoría de las veces fueron imaginadas, descritas o relatadas de manera parcial, generalmente a través de un intermediario, dado que el registro directo estuvo condicionado por su limitado acceso a la escritura (Guardia, 2005).

Recién a finales del siglo XIX se les permitió incorporarse al sistema educativo, aunque los índices de analfabetismo continuaron siendo mucho más elevados en la población femenina. Conocer ese otro lado de la historia, surgido desde la otra orilla y desde otro saber, constituye el objetivo de la Historia de las Mujeres. Solo entonces será posible valorar sus experiencias y actividades, explorar las representaciones que las cubren y encontrar su verdadero rostro. Una voz distinta y una imagen diferente emergen frente a los modelos impuestos por intelectuales, educadores y directores espirituales, quienes definieron lo propio de su mundo, los códigos del comportamiento “femenino” y el modelo de conducta basado en pureza, honor, sumisión y obediencia al hombre (Guardia, 2005). La Historia de las Mujeres, en consecuencia, no solo amplía el campo historiográfico, sino que lo redefine, cuestionando las jerarquías establecidas y proponiendo nuevas formas de comprender la participación política y social en el devenir histórico.

Historia de las mujeres: evolución historiográfica y desafíos metodológicos

La primera gran transformación del siglo XX en relación con la Historia de las Mujeres se vincula al trabajo, en un doble movimiento de separación y especialización de los espacios laborales y domésticos (Ariès y Duby, 1999). Este hecho constituye un punto de partida para la visibilidad femenina, ya que una historia centrada únicamente en la esfera pública —entendida como el espacio de las relaciones de poder político y económico— reproduce una mirada de los hombres hacia los hombres, borrando las huellas públicas y privadas de las mujeres y silenciándolas en los archivos oficiales (Perrot, 1999).

Diversos factores posibilitaron este cambio. En el siglo XIX, la historia se convirtió en un relato erudito; el liberalismo proclamó la igualdad, aunque sin concretarla en la Revolución Francesa, cuando las mujeres exigieron ser incluidas en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Obras como La Sorcière de Michelet destacaron la presencia femenina, y posteriormente, la fundación de la revista Annales d’histoire économique et sociale por Marc Bloch y Lucien Febvre en 1929 transformó la concepción de la disciplina. La Escuela de los Annales priorizó una historia social que incorporaba mentalidades, vida cotidiana, costumbres, familia y subjetividades colectivas, lo que permitió estudiar a las mujeres como sujetos históricos. Sin embargo, la ubicación de la familia en la esfera privada perpetuó la ideología de la domesticidad surgida con el capitalismo industrial y reforzó la invisibilidad de las mujeres como trabajadoras (Scott, 1997).

Para Hobsbawm, el olvido de las mujeres es paralelo al de las clases oprimidas, menos documentadas en la historiografía. No obstante, advierte que resulta imposible escribir la historia de un sexo separado del otro, del mismo modo que no puede narrarse la historia de una clase aislada de las demás. Por ello, considera más fructíferos los intentos que integran a las mujeres en el marco de una sociedad de dos sexos. En contraste, Ellen DuBois, en la década de 1980, defendió la necesidad de impulsar la resistencia femenina frente a la opresión como eje vertebrador de su historia, situando el feminismo político como base de la historiografía de las mujeres. En esta línea, el primer esfuerzo colectivo de la disciplina se concretó en 1988 bajo la dirección de Michelle Perrot y Georges Duby.

Desde hace tres décadas, el reconocimiento de que la experiencia femenina posee una historia propia —aunque no independiente de la masculina— ha ganado legitimidad. La historia social se orientó hacia el estudio de grupos anónimos que, como las mujeres, habían sido ignorados en la historiografía tradicional pese a su relevancia en los procesos sociales y económicos. Como señala Lavrin (1985), sin considerar el papel de las mujeres no es posible escribir una verdadera historia social. La Historia de las Mujeres, por tanto, no pretende ser la historia de “la otra mitad de la humanidad”, sino un campo que analiza la organización social de las relaciones entre los sexos, introduce nuevas categorías analíticas y promueve cambios metodológicos que transforman los paradigmas históricos tradicionales (Scott, 1990).

Este campo no se limita a narrar la presencia de mujeres excepcionales —heroínas, reinas, brujas o hechiceras—, sino que se alimenta de un universo de pensamientos y cuestionamientos que responden a criterios científicos (Fahmy-Eid, 1991). La reconstrucción del pasado femenino implica un cambio de paradigma: reformular las categorías del análisis histórico y rescribir la historia desde una perspectiva contestataria, con nuevos modelos interpretativos. Ello permite valorar las diferencias en las experiencias de mujeres y hombres a lo largo del tiempo, revisar los modelos que han impregnado a los grupos sociales y atender los factores diferenciales que afectan a las mujeres. En consecuencia, se requiere recurrir a fuentes variadas para captar y reconstruir esa realidad heterogénea (Rodríguez Villamil, 1992-93).

Para Derrida, este proceso supone reemplazar la lógica tradicional de las ciencias sociales por una nueva manera femenina de abordar el pensamiento crítico. Rescribir la historia desde esta perspectiva implica reformular conceptos y métodos, convertir a las mujeres en sujetos históricos y reconstruir sus vidas en toda su diversidad y complejidad. Se trata de mostrar cómo actuaron y reaccionaron en circunstancias impuestas, inventariar las fuentes disponibles y otorgar un sentido distinto al tiempo histórico, subrayando lo que fue significativo en sus vidas (Pérotin-Dumon, 2000).

La Historia de las Mujeres plantea, sin embargo, desafíos teóricos y metodológicos. Sus huellas se han perdido, como ocurrió con otros grupos marginados. Gramsci, en Cuadernos de la cárcel, ya advertía que la historia de las clases oprimidas se enfrenta a la misma dificultad. Durante siglos, las mujeres ni siquiera figuraron en los censos poblacionales. Si sus rastros han sido borrados, ¿cómo conocer su cotidianidad, interpretar sus pensamientos, acciones y emociones? En definitiva, ¿qué sabemos de ellas si los registros provienen de la mirada masculina que gobierna la ciudad, construye su memoria y administra sus archivos? (Duby y Perrot, 1991).

Por ello, la identificación de fuentes y documentación para la Historia de las Mujeres exige un esfuerzo considerable. No se trata de recuperar datos olvidados, sino de abordar las relaciones entre seres y grupos humanos que habían sido omitidos. Solo así será posible reconstruir la experiencia femenina en la historia y otorgarle el lugar que le corresponde en la disciplina.

Mujeres esclavizadas, honor y estrategias de libertad en el orden colonial

Desde mediados del siglo XVIII, el Estado español se afanó en reorganizar la sociedad colonial en todos sus aspectos. La permeabilidad social que se evidenciaba en esta época amenazaba el sistema de tributación, diseñado sobre la base de categorías raciales rígidas y separadas. Sin embargo, el principio de separación étnica fracasó tempranamente, dando lugar a una población creciente y difícil de clasificar. Cuando las características raciales se complejizaron, el término mestizo resultó insuficiente para nombrar a los individuos de variado color y raíces culturales que incluían el aporte africano. En este contexto, la administración colonial introdujo el término castas como vocablo generalizador (Chaves

La indefinición de los términos mestizo(a) y castas fue clave en las prácticas de evasión tributaria de indios y castas. En este orden colonial, ser mujer constituía una condición heterogénea atravesada por criterios de descendencia “racial” y por imaginarios de comportamiento sexual construidos en torno a la noción de honor. Las mujeres de casta solo podían reivindicarse mediante un vínculo matrimonial con un hombre blanco o mestizo, capaz de controlar sus “instintos naturales”. Por su parte, los hombres de casta no podían garantizar el honor de una mujer blanca ni de su prole (Chaves, . La oposición de la Corona a los matrimonios interraciales se acentuó en la segunda mitad del siglo XVIII, aunque las relaciones sexuales entre grupos distintos —legítimas o no— persistieron, especialmente en el caso de mujeres subalternas, muchas veces como estrategia de ascenso social.

El discurso del honor, ligado a las identidades de género, las diferencias raciales y las jerarquías sociales, se reiteraba en la América hispana de fines del siglo XVIII. No solo formaba parte de los intentos del Estado colonial por clasificar y diferenciar a sus súbditos, sino que también estructuraba los argumentos de los amos en defensa de la esclavitud y de los esclavos en favor de su libertad. En este marco, las mujeres esclavas desempeñaron un rol activo en la agencia de su libertad y la de sus familias, movilizando maniobras y saberes derivados de su experiencia como mujeres y como esclavas. Supieron manejar relaciones, establecer contactos y utilizar recursos institucionales y discursivos para construir estrategias de emancipación (Scott, 1985).

En Santiago del Estero, la institución esclavista no fue enfrentada mediante movimientos multitudinarios como en otras colonias, sino erosionada lentamente por recursos dispersos y coyunturales. Muchas mujeres esclavas escogieron los tribunales coloniales como espacio para desplegar sus estrategias de libertad. Estos procesos judiciales revelan prácticas de negociación de identidad y estatuto social, así como el tipo de saberes adquiridos para manejar el mundo colonial y sus discursos. El honor, como categoría definitoria de identidades, aparece en las normas tributarias, en las quejas de los amos contra la insolencia de los esclavos y en los estereotipos de origen africano difundidos por plantadores y abolicionistas (Chaves. En el caso de las mujeres esclavas, la falta de honor atribuida a ellas garantizaba la ilegitimidad de la población subalterna que descendía de su vientre.

La genealogía materna, sin embargo, persistía como un elemento central. El estado de esclavitud se heredaba de la madre, y también la libertad. Aunque el padre perdía potestad sobre el hijo, el vínculo materno se mantenía, lo que explica estrategias de resistencia como el aborto o el infanticidio. En otros casos, este lazo informaba estrategias distintas, como las que se desplegaron en los tribunales coloniales. Ejemplos documentales de Santiago del Estero muestran cómo mujeres esclavas o libertas reclamaron derechos: en 1770, Josef Acuña otorgó libertad a su nieta mulata Seudina en su testamento; en 1783, Juana Cabral denunció la venta fraudulenta de una esclava; y Felipa, esclava liberta, litigó contra los herederos de su amo para exigir bienes que le habían sido legados. Estos casos evidencian que, pese a las restricciones legales, las mujeres encontraron resquicios para expresarse y defenderse.

El hecho de que estos procesos se desarrollen en la última década del siglo XVIII es significativo, pues anticipa un fenómeno que cobraría fuerza en las décadas siguientes: la auto-liberación de los esclavos, cuya participación en las guerras de independencia aún estaba por definirse. Durante más de cinco siglos, las mujeres fueron ignoradas en los ámbitos doméstico y público, invisibilizadas o descritas de manera parcial. Las esclavas afrodescendientes sufrieron una doble invisibilización: por ser mujeres y por ser negras. Sin embargo, sus estrategias de libertad —ya fuera mediante vínculos afectivos, recursos judiciales o negociaciones sociales— revelan un protagonismo que la historiografía tradicional había silenciado.

Conocer ese otro lado de la historia es el objetivo de la Historia de las Mujeres: valorar sus experiencias y actividades, explorar las representaciones que las cubren y encontrar sus verdaderos rostros. Como señala Perrot (1992), las huellas públicas y privadas de las mujeres quedaron borradas, silenciadas en los archivos oficiales, invisibles para la historia. Recuperarlas implica transformar los paradigmas historiográficos y reconocer la centralidad de las mujeres en la construcción del orden colonial y en su lenta erosión.





Equipo de trabajo: Historia Mujeres UNSE

Lic. Alba Gallo

Lic. Marcia Pompolo

Lic. María Olivera

Lic. Eugenia Hernández

Lic. Evangelina Isac

Lic. Karina Roldán

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